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Brujería

Parece extraño que un mundo que nosotros consideramos fantástico, imaginario e irreal, haya tenido una realidad efectiva en ciertas épocas, y que haya dado lugar a una extensa bibliografía y gruesos procesos manuscritos, que se guardan en los Archivos y que se van exhumando. Es claro que los estados de psicosis brujeril se recrudecen, de vez en cuando, y es éste el caso del año 1539, que vamos a retratar.

Numerosas personas de ambos sexos fueron delatadas en la citada fecha, entre ellas el propio alcalde del Valle, un tal Lope de Esparza, de antigua y distinguida familia de hidalgos. Parece que su padre había sido ya procesado por la Inquisición de Calahorra.

Mucho debió pesar sobre el hijo la herencia del padre en el ánimo de los convecinos. Lo cierto es que fue acusado de asistir, con vara y todo, a los ayuntamientos que tenían los brujos de la comarca en la plaza pública y en las eras, los lunes, miércoles y viernes.

Otras acusaciones eran las de no recibir los sacramentos e intervenir en el sacrificio de criaturas y demás delitos y truculencias que, invariablemente, se repiten en estos procesos. En tales actividades le acompañaban cuatro brujas de Ochagavía y otras de Esparza, izalzu, Ezcároz y Jaurrieta, patria de la famosa Catalina, la Sorora.

La bruja más vieja era una tal Catalina Begieder, ya sesentona, aunque no faltaban en el colectivo brujeril algunos niños, como Fortunio Legaz, de diez años, a quien le había iniciado su propio padre en el arte de renegar de Dios y de los Santos.

El alcalde del Valle hubo de pasar por la gran humillación de no poder asistir, durante algún tiempo, a las Juntas del Valle que debía presidir, y de no aparecer en público en las fiestas y reuniones concejiles o de cualquier otra clase, por habérselo prohibido el bachiller Leoz, hacía un año, al iniciarse las informaciones propias del caso.

La réplica de Lope de Esparza a los fantásticos hechos que se le atribuían es un modelo de sentido común. Sin embargo, a pesar de ser, probablemente, el más importante y culto de los procesados en el siglo XVI por actividades brujeriles, fue condenado a dos meses de destierro.

Aparte del alcalde del Valle, el más destacado de los brujos resultó ser un tal Pechiri Landa, cuya tía, La Garrosa, había sido ahorcada en la tejería de Ezcároz, lugar escogido por la nocturna secta para sus famosas juntas. Aunque parezca mentira, fueron oídas y tenidas muy en cuenta por los jueces las declaraciones de dos niñas de nueve y once años, quienes pese a su edad, conocían a fondo los misterios y trucos de los embrujamientos. Esto se repite en casi todos los procesos con más o menos variantes.

Por otro proceso, nos informamos de las andanzas del Licenciado Balanza por este Valle de Salazar hacia 1534, según el testimonio del herrero de Ochagavía, Juan Sanz, quien nos dice que el tal Licenciado anduvo "justiciando contra las bruxas y bruxos que había en el dicho Valle". Por lo visto, hubo otra epidemia infantil que resultaba tan peligrosa para las víctimas de la enfermedad como para los tildados de brujos. Es indudable que estas epidemias provocaban una ola de pánico que excitaba los ánimos y hacía concentrar las iras sobre la pobre gente.

Lo cierto es que, buscando el medio de conjurar el mal, hubo una junta o batzarre, que resultó muy dividida en opiniones. Un tal Fortunio Legaz, se puso claramente frente a los que pedían justicia contra los brujos, saliendo de la reunión malhumorado. Esto fue mal interpretado por unos cuantos, de opinión contraria, y en 1539 le acusaron formalmente de pertenecer a la odiada secta, a raíz de cierta denuncia, como de costumbre. Las declaraciones de unos cuantos menores de edad fueron decisivas. Como ejemplo de declaración en contra, expondremos la de Catalina Lisón, de 11 años, que hablaba en los términos que siguen:

"Tomó a esta desposante a cuestas Belza y la llevó a la plaza de Ochagavía, en la cual plaza vio esta desposante que andaban danzando al son que tañía una persona negra que estaba ai, y que al son y chiflido de Martín Garro, bruxo, bailaron un rato". Otros menores acompañan con sus testimonios el proceso.

El acusado Legaz alegaba en su defensa que era hidalgo de origen, de padre y abuelo, como todos los salacencos, en general. Dada su calidad, no era justo que se le aplicase el tormento, como pretendía el tribunal. Negaba que fuese brujo ni "ponzoñero", ni matador de bueyes o criaturas; más bien una síntesis de buenas cualidades.

Legaz fue condenado en principio a tres años de destierro, aunque tras el recurso, la pena quedó en tres meses.

 

La leyenda del puente de Ledea

El rey moro Abderramán tenía que pasar por Navarra de regreso a Francia. El rey don Sancho, al saberlo, envió mensajeros a los valles del Roncal, Salazar y Aezkoa con la orden de que se reunieran todos los hombres disponibles y salieran al encuentro de los moros para presentarles batalla. Los roncaleses y salacencos se dispusieron a cumplir las órdenes del monarca. Sonaron las campanas de los pueblos, dejaron los hombres sus ocupaciones y, cogiendo las armas de que podían disponer o palos y hoces, se fueron reuniendo para atacar a Abderramán.

Fueron, finalmente, los roncaleses y salacencos quienes se dirigieron al encuentro de la hueste mora. Iban llenos de furia decididos a vencer a los enemigos de la fe. Y en el puente de Ledea se hizo la batalla.

Aunque los moros eran muchos más que los navarros, éstos los derrotaron. Y los salacencos mataron al mismo Abderramán, cortándole la cabeza.
Pensaban ir a presentar el trofeo al mismo rey Sancho, quien, sin duda, recompensaría el valor de los salacencos.

Los roncaleses envidiaban la suerte de sus vecinos, y durante el regreso al campo de batalla, se arreglaron para coger, una noche, la cabeza del rey moro y cortarle la lengua.

Y, así, cuando se presentaron ante el rey y los salacencos enseñaron la cabeza, los roncaleses dijeron que habían sido ellos los que habían cortado al rey moro la cabeza, pues tenían como prueba la lengua. Comenzó la disputa y fue el propio rey quien apaciguó los ánimos dando a cada uno de los triunfadores un escudo de armas. Los de Salazar debían tener por escudo un lobo con un cordero en la boca y los roncaleses un zorro, indicando su astucia.

 

El bardo Gartxot de Izalzu

La historia, que nadie sabe si está basada en un hecho real, tiene como protagonistas a Gartxot y Mikelot, dos vecinos de Izalzu (padre e hijo), que se distinguían por sus grandes aptitudes para el canto. Gartxot, que trabajaba como pastor en Abodi, fue contratado por los monjes de Roncesvalles como guía para los peregrinos; a Mikelot, su hijo, lo pretendían convertir en un gran cantor, aprovechando sus cualidades naturales.. El conflicto se plantea cuando ambos cantaron unos versos en euskera, sobre la batalla de Roncesvalles, que no debieron agradar a los monjes. Estos decidieron expulsar a Gartxot del monasterio, reteniendo a su hijo por la fuerza, ya que no querían desaprovechar su gran voz.

Pasado el tiempo, el padre decidió ir a liberar a Mikelot y regresó con él a Izalzu. Sin embargo, a los pocos días volvieron a buscarlo al pueblo y se produjo un tira y afloja entre Gartxot y las autoridades eclesiásticas, que pretendían llevarse a Mikelot contra su voluntad. Cuando ya se lo llevaban, Gartxot cogió una bola de barro del suelo y la introdujo en la boca de su hijo para que su voz nunca más pudiera ser disfrutada por los monjes, y el joven murió ahogado.

"El bardo de Izalzu" fue condenado a muerte, condena que, al final, se redujo a diez años de aislamiento total en una celda que se le construiría en el lugar que él mismo eligiera. A pesar de la dureza de la climatología, Gartxot escogió Abodi. Según cuentan, aquel invierno de 1110 fue uno de los más duros de la historia. Cuando en abril, pasados los meses más duros del invierno, subieron las autoridades a ver cómo estaba el prisionero, lo encontraron moribundo. Al poco tiempo, falleció.

Algunos aseguran que, todavía, se pueden ver los restos de la celda que ocupó Gartxot.

 

La Virgen de Muskilda

En lo alto de un cerro, en el que se asienta mirando al sol la recogida villa de Ochagavía, se levanta la pintoresca basílica de Nuestra Señora de Muskilda, románica del siglo XIII. Entre sus añejos muros guarda, desde hace siglos, la virgen tallada a finales del siglo XII, venerada y querida por los salacencos. El santuario, visible desde lejos por la blancura de sus paredes, es sobrio en su estructura. La imagen de la virgen sedente, sobre una banqueta sin respaldo, levanta en su mano derecha una flor, mientras que apoya la izquierda sobre el hombro del Niño, sentado en su regazo en actitud de bendecir.

Como en muchos casos marianos, aquí intervino un pastorcillo que un día perdió un toro, y tras mucho buscar, lo encontró junto a un roble. Tras acercarse, intrigado, pudo ver al pie del árbol una imagen de la Virgen María. Tras tomarla en sus brazos, tuvo que dejarla por tener que acudir a recoger las vacas que se desmandaban, prometiendo recogerla al día siguiente. Al volver la vista, comprobó que la imagen había desaparecido.
De regreso a casa perdió de nuevo el toro, encontrándolo en el mismo sitio, haciendo reverencias ante la imagen. El pastorcillo tomó en sus manos la imagen y cuando más entusiasmado estaba, pasó por ahí un hombre que le acusó de haberla robado. Lo llevó a Ochagavía y lo encerró en una habitación, dejando a la Virgen en la iglesia del pueblo.

Al día siguiente, ni la imagen de la Virgen ni el pastorcillo estaban donde los había dejado.

El resultado de todo esto fue que la Virgen fue entronizada en el valle y el pastorcillo quedó allí de ermitaño, dedicando todo su esfuerzo a construir un templo con piedras que él mismo acarreaba con su animal de carga. Se cuenta que llenaba de piedras las alforjas de la bestia y la dejaba irse sola hasta el roble, mientras él quedaba preparando la nueva carga.

La actual iglesia de Muskilda se atribuye a Sancho el Fuerte, pero, indudablemente, hubo otra anterior.

En tiempos de la Revolución francesa, y ante el temor de que las tropas profanases la imagen, fue trasladada al monasterio de Leire.

La devoción a la Virgen de Muskilda fue creciendo en extensión y profundidad. Como botón de muestra, ahí está el capitán de un navío maltés, don Carlos Lizarazu, que, en lucha contra los turcos, imploró la ayuda de la Virgen de Muskilda. Conseguida la victoria, entregó a la basílica la bandera de los caballeros de Malta.

La devoción también creció en el propio valle de Salazar. La romería a la montaña nació después de que, varios años seguidos, la piedra y las tempestades arruinaran las cosechas, hasta que invocada la protección de la Virgen, cesaron las calamidades. Los regidores hicieron, pues, voto de peregrinar todos los años al santuario.