Cultura y tradiciones

Indumentaria, almadías, trashumancia, alpargateras,
Danzas, euskera, gastronomía, leyendas

Indumentaria

En materia de indumentaria tradicional, el Valle de Salazar cuenta con una rica expresión que transmite una arraigada personalidad que, afortunadamente, se ha resistido a las influencias de los modismos foráneos. Algunas de estas indumentarias siguen siendo vistas en fechas señaladas con motivo de fiestas, romerías y otros actos.
El hombre casado viste calzón negro sin bragueta, atado por debajo de la rodilla, con un cordón rematado por sendas borlitas del mismo color. Calza zapato negro de becerro con puntera achatada sobre media negra de lana o algodón, según sea invierno o verano. A la cintura, faja estrecha de lana en color morado, negro o azul.
El chaleco de paño negro, sin mangas, con dos bolsillos y escote cuadrado se complementa con una chaqueta corta de paño negro, cruzada, sin cuello pero con grandes solapas redondeadas, en la que destacan las coderas y filas de pequeños botones en las bocamangas. La camisa es blanca, completándose el vestuario con un sombrero de fieltro negro, de copa redonda y anchas alas vueltas hacia arriba, con una cinta de raso negro que contornea la copa.

Siguiendo con la rica variedad en la vestimenta salacenca, el joven soltero viste parecido al hombre casado, siendo rojo el color de las borlitas del calzado. El chaleco es de alegres colores y pequeñas solapas, siendo la espalda de tejido negro. Sobre ella se viste el jubón o txamarreta de paño granate con dos bolsillos. No tiene cuello ni solapas.
El Regidor de la Junta General del Valle viste con la misma indumentaria que el hombre casado, añadiendo como símbolo de autoridad una blanca valona de encaje en forma rectangular sobre los hombros. El Presidente de la Junta, considerado como “Capitán a guerra” usaba en otros tiempos una banda encarnada terciada al pecho y portaba un chuzo con una punta de lanza.
El pastor, como en la mayoría de los valles, solamente guarda el clásico espaldero de piel de cabra, atado al pecho con finas correas cruzadas. La boina u otros gorros han sustituido al sobre negro de medio queso de antaño.
Sin embargo, son la mujer de edad y la viuda quienes más se dejan ver con la vestimenta tradicional por las estrechas calles de los pueblos de Salazar. Viste con dos sayas o faldas negras, plisadas, largas hasta los tobillos, atadas a uno de los costados y colocadas por encima del jubón o chaqueta corta. El jubón es negro y de mangas estrechas, las medias son negras y el calzado con las mismas características que el hombre. Los cabellos en dos trenzas colgantes a lo largo de la espalda y entrelazadas por una doble cinta de raso negro, que recibe el nombre de zintamusko. Finalmente, para la iglesia se cubre con mantilla de paño negro característico de la montaña navarra.

El paso de las almadías por los ríos salacencos

La Real Armada y su necesario aumento del número de barcos en el siglo XVIII potenció en Salazar el tráfico mercantil de la madera por los siguientes ríos:

  • El río Irati, formado por la unión de los ríos Urtxuria y Urbeltza. Termina su recorrido salacenco en la confluencia con la regata de Kakolla y , tras atravesar el Valle de Aezkoa, recibe en Lumbier las aguas del río Salazar.
  • Los ríos Anduña y Zatoya, que al unirse en Ochagavía, dan lugar al nacimiento del río Salazar, que recibe posteriormente aguas de las regatas de Zaldaña y Jabrós.

El objeto del tráfico fluvial lo constituían árboles de pino que, tras ser marcados, cortados y, en su caso, arrastrados hasta el despeñadero, eran aproximados hasta la corriente de los ríos y regatas. Luego, la fuerza del caudal arrastraba la madera en rollo hasta las playas fluviales sitas en las riberas del río Anduña, en la villa de Ochagavía, en la regata de Zaldaña en la villa de Ibilcieta y en la regata de Jabrós en la villa de Güesa, y conocidas en Salazar por “ataderos”. En estos lugares se preparaban las almadías sujetando los árboles con ramas de avellano verde.
Los conductores de las almadías eran denominados almadieros, quienes, generalmente, transportaban madera de sus bosques particulares o bien adquirida a particulares.
Las embarcaciones rústicas, formadas de troncos de pino y compuestas de uno o varios tramos, se denominaron “almadías”. Dichos troncos, debidamente sujetos, una vez terminado el montaje en el que se incluye “el ropero” y los remos, eran botados o se llevaba a cabo el “aguar la madera”, comenzando un larguísimo viaje por el río Salazar, pasando al río Irati hasta Sangüesa, lugar habitual para el comercio de madera así como para el reajuste de las almadías. Después de Sangüesa, las almadías penetraban en el río más caudaloso de Navarra, el río Aragón, afluente del Ebro; una vez en el Ebro, los destinos de las almadías eran el mercado de Zaragoza o de Tortosa.
Los almadieros navarros estaban exentos del pago de derechos “de puentes y presas” si la madera que transportaban, por el sistema de almadías, “eran suyas o de su valle”.

La trashumancia

Las Bardenas Reales de Navarra han sido, desde tiempos remotos, la más importante área de invernada para los rebaños de los valles de Salazar y Roncal.
Cubierta siempre de hierba, durante el invierno, y salpicada de pequeñas balsas donde abunda el agua hasta bien entrada la primavera, las llanuras bardeneras son el lugar idóneo para trasladar el ganado durante los meses de invierno. En la Montaña oriental navarra, los pastizales se ven cubiertos al comenzar las primeras nevadas, obligando a los rebaños a buscar tierras más templadas, casi siempre a varios días de camino.
Así, de generación en generación, cientos de hombres, cientos de salacencos, pastores trashumantes han ido recorriendo de norte a sur las tierras de Navarra. Hombres que dividen su vida, su casa y su familia entre la Ribera y la Montaña, entre el invierno y el verano.
La bajada se inicia en los últimos días de septiembre, antes de que las ovejas comiencen a parir. Hay dos cañadas hasta Lumbier.

  • Una transcurre por Salazar, atravesando Adoáin, hasta Lumbier.
  • Otra por el portillo de Areta (Zariquieta, Artanga, Ozcoidi y Rípodas) hasta Lumbier. Después pasará por Aibar y se unirá a la cañada de los roncaleses en Cáseda.

Desde ahí, una única vía hasta las Bardenas.
La entrada en las Bardenas se realiza el 18 de Septiembre.
Todos los pastores entran a una vez hacia las llanuras de las Bardenas. Todos y en el mismo día, desde hace más de quinientos años, según lo estableciera Juan de Labrit, en unas ordenanzas que intentaban proteger a los agricultores que, durante siglos, fueron perjudicados por los privilegios con que contaba la ganadería de los señores que anteponían el mantenimiento del pasto sobre el cereal.
A partir de este momento comienza la otra vida, la de las Bardenas. Varias docenas de pastores compartirán las bordas y cabañas diseminadas alrededor de las pequeñas balsas. Entonces se echará en falta el verde de las montañas y el calor de la casa de piedra familiar. Quedan muchos meses para volver a deshacer el camino. Mientras, la Bardena, hospitalaria, sabrá acoger a estos salacencos de bien.

Alpargateras

Desde el año 1860, las mozas de los valles de Roncal, Salazar, Ansó y Hecho viajaban hasta Maule (Francia) para trabajar la temporada de la alpargata. El trabajo era duro. Año tras año trabajaban desde el otoño hasta la primavera, por eso eran popularmente conocidas como “las golondrinas”.
El mercado de la alpargata marcó toda un época en la economía de Maule, y la emigración de estos valles supuso un aumento importante en su población. Algunas de las alpargateras iban con 14 años a trabajar. Evidentemente, mentían sobre su edad.
Al llegar a Maule, vivían habitualmente en las mismas casas, y a los caseros les pagaban un tanto por dormir y comer. Todos compartían el primer plato, el segundo lo debían comprar ellas. Se comunicaban con los lugareños en euskera o en francés.
En los talleres, cada una de ellas se ocupaba de una labor. Unas cosían la tela, otras ponían la cuerda, etc. Cuenta quien lo vivió que, en ocasiones, no podían dormir por el dolor de brazos debido al esfuerzo realizado durante el día.
Los fines de semana guardaban fiesta.
Durante su estancia en Maule, algunas de las golondrinas recibían visitas de sus padres. Visitas realmente agradecidas, conociendo el esfuerzo que debían realizar los visitantes tras toda una jornada de camino, hasta Maule.
La vuelta se programaba para junio. Volvían cargadas de ropa y de ilusión.

Sucesos extraños y amargos han sucedido en torno a las alpargateras. Cuenta un jaurrietano que
“Un año, algunas de las chicas decidieron volver para pasar la Navidad, pero no llegaron a Jaurrieta, ni tampoco volvieron a Maule. De allí salieron y aquí no llegaron. La sierra de Abodi, con una tormenta de nieve, es una barrera física infranqueable. Fue en primavera, al irse la nieve, cuando aparecieron todas muertas en Abodi, en Paso Ancho, cogidas de la mano”.

Tradiciones

El pan bendito

La tradición del pan bendito, en Salazar, es una costumbre inmemorial, que, aún hoy, se mantiene viva en algunos de los pueblos del Valle (Ochagavía, Esparza, Jaurrieta, Ezcároz, Oronz,…).
Todos los domingos, una familia del pueblo es la encargada de llevar el pan cortado en rodajas a la misa dominical. El pan se traslada en una artesa de madera que irá rotando semanalmente por cada una de las casas del pueblo. Este pan es bendecido en la consagración de la misa y, tras ésta, es repartido a cada uno de los fieles.
Hasta hace pocos años, en Ochagavía, sólo se repartía el pan a los hombres, sin embargo, una decisión municipal hizo que la tradición variara y, actualmente, se reparte entre hombres y mujeres.
Tras la consagración del pan, los salacencos cantan una canción alusiva al acto.
Es costumbre, también, llevar un trozo de este pan a cada casa. En el momento de la entrega, se decía “con esto tengas la paz y el pan para todo el año”.

La luz de los muertos

Tradición que se ha mantenido hasta hace pocos años, en los pueblos salacencos.
El día del funeral de un salacenco, la familia colocaba una sábana blanca en un lateral de la iglesia. Sobre ella se iban colocando las “argizaiolak” o “ceras”, grandes y pequeñas. Estas “ceras” consistían en un trozo de madera envuelto en un paño ñegro -si el difunto era adulto-, o blanco -si el difunto era un niño-, en la que se enrrollaba el cordón de cera.
Durante el año siguiente a la muerte, un familiar debía llevar, todos los días, a la misa la “cera” pequeña. También en el momento de la “Santa Unción”, los familiares más allegados al enfermo debían llevar la “cera” o luz de los muertos.

Danzas

Danzas de Ochagavía

Las danzas de Ochagavía están formadas por cuatro sugerentes y expresivas danzas de palos, además de una pañuelo danza y una jota. Los ocho danzantes, con el enmascarado personaje bifronte a la cabeza, el Bobo, celebran anualmente, cada 8 de septiembre, ante la ermita de la Virgen de Muskilda, una vieja liturgia plena de simbolismo.
Ya la víspera, día siete, los componentes del grupo, vestidos con traje civil de salacenco, inician su función visitando la casa del Mayordomo del Patronato, acompañando a éste y al Ayuntamiento hasta la iglesia donde se canta una Salve. A continuación, en la plaza de la Blancoa, los danzantes bailan todas sus danzas.
El repertorio consta de cuatro danzas de palos que reciben los nombres de “Emperador”, “Katxutxa”, “Danza” y “Modorro”, una danza con pañuelos “el Pañuelo” y la “Jota”. Hay que añadir el mencionado “Pasacalles” para los desplazamientos.
Estas danzas rituales se mantienen desde tiempo inmemorial, perdurando al paso de los tiempos.
El primer documento escrito que hace referencia a la actuación de los ocho danzantes y el bobo en Muskilda, data de 1.695.
Hoy, están consideradas como unas de las danzas más emblemáticas del folclore navarro.

Axuri Beltza. Danza de Jaurrieta

La danza de Jaurrieta, o “Axuri Beltza” es una danza-recreación a propósito de una música propia del lugar de Jaurrieta, música que se pierde en el tiempo, y que se conserva con su propia letra.
La letra de la cancioncilla dice:
“Axuri beltza ona duk bainan xuria berriz hobea, dantzan ikasi nahi duen horrek nere oinetara begira (…)”.
Esta danza se ha configurado como danza de mujeres, y son ellas las que corean la letra de la canción mientras bailan en círculo. La indumentaria es la propia del lugar: traje salacenco.

Euskera

El euskera salacenco es el dialecto propio del Valle de Salazar. En la clasificación del príncipe y lingüísta Bonaparte, el salacenco se considera una variante del bajonavarro oriental, como el euskera de Valcarlos. Sin embargo, tiene una personalidad propia y, tal vez, pudiera considerarse dialecto independiente.
El euskera salacenco se aparta del estándar batua, entre otros, en los siguientes rasgos, morfología, fonética, léxico y sintaxis.

Gastronomía

Como en el resto de los valles pirenaicos, Salazar goza de una buena y tradicional gastronomía. La trucha, según diversas preparaciones, las carnes de ovino y vacuno y el queso, son los platos más característicos de la mesa salacenca.
Las pochas y las menestras de verduras constituyen las entradas más aconsejables de todo menú, en esta parte del Pirineo.
El jabalí, las migas de pastor -en cuya preparación, con pan y sebo, son expertos los pastores-, las costillas de cordero y las setas y los hongos del propio valle son otras de las especialidades de la mesa salacenca.

Los hongos

En el Pirineo se recogen varias especies de setas y hongos (beltza, robellón, urriziza, illarraka, perretxiko, zizaori, champiñones, etc. Los más reconocidos son el hongo beltza y el robellón. Dentro de la primera clase, se diferencian dos tipos: beltza (aereus y pinicola) y txuri (estivalis y edulis). Este tipo de hongo, el beltza, sale en verano y en otoño, en robledales y hayedos.
El robellón sale exclusivamente en otoño y sólo en los pinares.
La recogida del hongo está muy extendida en esta zona. En el Valle de Salazar, las localidades más hongueras son Izal, Esparza, Igal, Ochagavía y Ezcároz.
La tradición honguera en esta zona no viene de antaño. Son cincuenta años, aproximadamente, los que cuenta esta tradición. Los hongos salen en pinares jóvenes, y, al dejarse de cultivar los campos, el pinar se extiende y con él, aparece el hongo.
Años atrás, se marchaba al monte con las caballerías y se calculaba la ganancia por cargas. Una carga de hongos equivalía a 150 kilos aproximadamente. Al monte acudían los abuelos, los padres, las madres, incluso los hijos. Hoy, la forma de recolectar hongos ha cambiado, y podría decirse que se ha profesionalizado.

Receta con hongos

Volovanes rellenos de hongos y gambas:

Ingredientes:
500 grs. de hongos
500 grs. de gambas
10 volovanes de hojaldre
2 cucharadas rasas de mantequilla
1 taza de bechamel
1 vaso de nata
pimienta blanca
perejil picado, aceite y sal

Se cuecen las gambas y se pican. Los hongos se limpian y se pican. En una sartén se pone el aceite y la mantequilla, se añaden los hongos y se dejan hacer hasta que queden secos. Se añade la bechamel y la nata. Se añaden las gambas, la sal, la pimienta blanca y el perejil, dejando hervir todo unos minutos, y se reserva.
Se rellenan los volovanes y se introducen en el horno que hemos calentado previamente. Servirlos muy calientes.
(Restaurante Auñamendi. Ochagavía)

Leyendas

Brujería

Parece extraño que un mundo que nosotros consideramos fantástico, imaginario e irreal, haya tenido una realidad efectiva en ciertas épocas, y que haya dado lugar a una extensa bibliografía y gruesos procesos manuscritos, que se guardan en los Archivos y que se van exhumando. Es claro que los estados de psicosis brujeril se recrudecen, de vez en cuando, y es éste el caso del año 1539, que vamos a retratar.
Numerosas personas de ambos sexos fueron delatadas en la citada fecha, entre ellas el propio alcalde del Valle, un tal Lope de Esparza, de antigua y distinguida familia de hidalgos. Parece que su padre había sido ya procesado por la Inquisición de Calahorra.
Mucho debió pesar sobre el hijo la herencia del padre en el ánimo de los convecinos. Lo cierto es que fue acusado de asistir, con vara y todo, a los ayuntamientos que tenían los brujos de la comarca en la plaza pública y en las eras, los lunes, miércoles y viernes.
Otras acusaciones eran las de no recibir los sacramentos e intervenir en el sacrificio de criaturas y demás delitos y truculencias que, invariablemente, se repiten en estos procesos. En tales actividades le acompañaban cuatro brujas de Ochagavía y otras de Esparza, izalzu, Ezcároz y Jaurrieta, patria de la famosa Catalina, la Sorora.
La bruja más vieja era una tal Catalina Begieder, ya sesentona, aunque no faltaban en el colectivo brujeril algunos niños, como Fortunio Legaz, de diez años, a quien le había iniciado su propio padre en el arte de renegar de Dios y de los Santos.

El alcalde del Valle hubo de pasar por la gran humillación de no poder asistir, durante algún tiempo, a las Juntas del Valle que debía presidir, y de no aparecer en público en las fiestas y reuniones concejiles o de cualquier otra clase, por habérselo prohibido el bachiller Leoz, hacía un año, al iniciarse las informaciones propias del caso.
La réplica de Lope de Esparza a los fantásticos hechos que se le atribuían es un modelo de sentido común. Sin embargo, a pesar de ser, probablemente, el más importante y culto de los procesados en el siglo XVI por actividades brujeriles, fue condenado a dos meses de destierro.

Aparte del alcalde del Valle, el más destacado de los brujos resultó ser un tal Pechiri Landa, cuya tía, La Garrosa, había sido ahorcada en la tejería de Ezcároz, lugar escogido por la nocturna secta para sus famosas juntas. Aunque parezca mentira, fueron oídas y tenidas muy en cuenta por los jueces las declaraciones de dos niñas de nueve y once años, quienes pese a su edad, conocían a fondo los misterios y trucos de los embrujamientos. Esto se repite en casi todos los procesos con más o menos variantes.

Por otro proceso, nos informamos de las andanzas del Licenciado Balanza por este Valle de Salazar hacia 1534, según el testimonio del herrero de Ochagavía, Juan Sanz, quien nos dice que el tal Licenciado anduvo “justiciando contra las bruxas y bruxos que había en el dicho Valle”. Por lo visto, hubo otra epidemia infantil que resultaba tan peligrosa para las víctimas de la enfermedad como para los tildados de brujos. Es indudable que estas epidemias provocaban una ola de pánico que excitaba los ánimos y hacía concentrar las iras sobre la pobre gente.

Lo cierto es que, buscando el medio de conjurar el mal, hubo una junta o batzarre, que resultó muy dividida en opiniones. Un tal Fortunio Legaz, se puso claramente frente a los que pedían justicia contra los brujos, saliendo de la reunión malhumorado. Esto fue mal interpretado por unos cuantos, de opinión contraria, y en 1539 le acusaron formalmente de pertenecer a la odiada secta, a raíz de cierta denuncia, como de costumbre. Las declaraciones de unos cuantos menores de edad fueron decisivas. Como ejemplo de declaración en contra, expondremos la de Catalina Lisón, de 11 años, que hablaba en los términos que siguen:

“Tomó a esta desposante a cuestas Belza y la llevó a la plaza de Ochagavía, en la cual plaza vio esta desposante que andaban danzando al son que tañía una persona negra que estaba ai, y que al son y chiflido de Martín Garro, bruxo, bailaron un rato”. Otros menores acompañan con sus testimonios el proceso.
El acusado Legaz alegaba en su defensa que era hidalgo de origen, de padre y abuelo, como todos los salacencos, en general. Dada su calidad, no era justo que se le aplicase el tormento, como pretendía el tribunal. Negaba que fuese brujo ni “ponzoñero”, ni matador de bueyes o criaturas; más bien una síntesis de buenas cualidades.

Legaz fue condenado en principio a tres años de destierro, aunque tras el recurso, la pena quedó en tres meses.

La leyenda del puente de Ledea

El rey moro Abderramán tenía que pasar por Navarra de regreso a Francia. El rey don Sancho, al saberlo, envió mensajeros a los valles del Roncal, Salazar y Aezkoa con la orden de que se reunieran todos los hombres disponibles y salieran al encuentro de los moros para presentarles batalla. Los roncaleses y salacencos se dispusieron a cumplir las órdenes del monarca. Sonaron las campanas de los pueblos, dejaron los hombres sus ocupaciones y, cogiendo las armas de que podían disponer o palos y hoces, se fueron reuniendo para atacar a Abderramán.
Fueron, finalmente, los roncaleses y salacencos quienes se dirigieron al encuentro de la hueste mora. Iban llenos de furia decididos a vencer a los enemigos de la fe. Y en el puente de Ledea se hizo la batalla.
Aunque los moros eran muchos más que los navarros, éstos los derrotaron. Y los salacencos mataron al mismo Abderramán, cortándole la cabeza.
Pensaban ir a presentar el trofeo al mismo rey Sancho, quien, sin duda, recompensaría el valor de los salacencos.
Los roncaleses envidiaban la suerte de sus vecinos, y durante el regreso al campo de batalla, se arreglaron para coger, una noche, la cabeza del rey moro y cortarle la lengua.
Y, así, cuando se presentaron ante el rey y los salacencos enseñaron la cabeza, los roncaleses dijeron que habían sido ellos los que habían cortado al rey moro la cabeza, pues tenían como prueba la lengua. Comenzó la disputa y fue el propio rey quien apaciguó los ánimos dando a cada uno de los triunfadores un escudo de armas. Los de Salazar debían tener por escudo un lobo con un cordero en la boca y los roncaleses un zorro, indicando su astucia.

El bardo Gartxot de Izalzu

La historia, que nadie sabe si está basada en un hecho real, tiene como protagonistas a Gartxot y Mikelot, dos vecinos de Izalzu (padre e hijo), que se distinguían por sus grandes aptitudes para el canto. Gartxot, que trabajaba como pastor en Abodi, fue contratado por los monjes de Roncesvalles como guía para los peregrinos; a Mikelot, su hijo, lo pretendían convertir en un gran cantor, aprovechando sus cualidades naturales.. El conflicto se plantea cuando ambos cantaron unos versos en euskera, sobre la batalla de Roncesvalles, que no debieron agradar a los monjes. Estos decidieron expulsar a Gartxot del monasterio, reteniendo a su hijo por la fuerza, ya que no querían desaprovechar su gran voz.
Pasado el tiempo, el padre decidió ir a liberar a Mikelot y regresó con él a Izalzu. Sin embargo, a los pocos días volvieron a buscarlo al pueblo y se produjo un tira y afloja entre Gartxot y las autoridades eclesiásticas, que pretendían llevarse a Mikelot contra su voluntad. Cuando ya se lo llevaban, Gartxot cogió una bola de barro del suelo y la introdujo en la boca de su hijo para que su voz nunca más pudiera ser disfrutada por los monjes, y el joven murió ahogado.
“El bardo de Izalzu” fue condenado a muerte, condena que, al final, se redujo a diez años de aislamiento total en una celda que se le construiría en el lugar que él mismo eligiera. A pesar de la dureza de la climatología, Gartxot escogió Abodi. Según cuentan, aquel invierno de 1110 fue uno de los más duros de la historia. Cuando en abril, pasados los meses más duros del invierno, subieron las autoridades a ver cómo estaba el prisionero, lo encontraron moribundo. Al poco tiempo, falleció.
Algunos aseguran que, todavía, se pueden ver los restos de la celda que ocupó Gartxot.

La Virgen de Muskilda

En lo alto de un cerro, en el que se asienta mirando al sol la recogida villa de Ochagavía, se levanta la pintoresca basílica de Nuestra Señora de Muskilda, románica del siglo XIII. Entre sus añejos muros guarda, desde hace siglos, la virgen tallada a finales del siglo XII, venerada y querida por los salacencos. El santuario, visible desde lejos por la blancura de sus paredes, es sobrio en su estructura. La imagen de la virgen sedente, sobre una banqueta sin respaldo, levanta en su mano derecha una flor, mientras que apoya la izquierda sobre el hombro del Niño, sentado en su regazo en actitud de bendecir.
Como en muchos casos marianos, aquí intervino un pastorcillo que un día perdió un toro, y tras mucho buscar, lo encontró junto a un roble. Tras acercarse, intrigado, pudo ver al pie del árbol una imagen de la Virgen María. Tras tomarla en sus brazos, tuvo que dejarla por tener que acudir a recoger las vacas que se desmandaban, prometiendo recogerla al día siguiente. Al volver la vista, comprobó que la imagen había desaparecido.
De regreso a casa perdió de nuevo el toro, encontrándolo en el mismo sitio, haciendo reverencias ante la imagen. El pastorcillo tomó en sus manos la imagen y cuando más entusiasmado estaba, pasó por ahí un hombre que le acusó de haberla robado. Lo llevó a Ochagavía y lo encerró en una habitación, dejando a la Virgen en la iglesia del pueblo.
Al día siguiente, ni la imagen de la Virgen ni el pastorcillo estaban donde los había dejado.
El resultado de todo esto fue que la Virgen fue entronizada en el valle y el pastorcillo quedó allí de ermitaño, dedicando todo su esfuerzo a construir un templo con piedras que él mismo acarreaba con su animal de carga. Se cuenta que llenaba de piedras las alforjas de la bestia y la dejaba irse sola hasta el roble, mientras él quedaba preparando la nueva carga.

La actual iglesia de Muskilda se atribuye a Sancho el Fuerte, pero, indudablemente, hubo otra anterior.
En tiempos de la Revolución francesa, y ante el temor de que las tropas profanases la imagen, fue trasladada al monasterio de Leire.
La devoción a la Virgen de Muskilda fue creciendo en extensión y profundidad. Como botón de muestra, ahí está el capitán de un navío maltés, don Carlos Lizarazu, que, en lucha contra los turcos, imploró la ayuda de la Virgen de Muskilda. Conseguida la victoria, entregó a la basílica la bandera de los caballeros de Malta.
La devoción también creció en el propio valle de Salazar. La romería a la montaña nació después de que, varios años seguidos, la piedra y las tempestades arruinaran las cosechas, hasta que invocada la protección de la Virgen, cesaron las calamidades. Los regidores hicieron, pues, voto de peregrinar todos los años al santuario.

Ven al Valle de Salazar